El
bombillo, no cabe duda, fue una "brillante" idea. Pero como casi todos
los inventos del hombre, surgió como una mezcla de casualidad, suerte,
curiosidad y mucha inventiva.
El
padre de esta lámpara incandescente fue el inventor norteamericano
Thomas Alva Edison. En nuestro número pasado, ya reseñamos brevemente la
biografía de este científico. Repasando un poco, recordamos que Edison
fue el primer inventor "en serie".
Él
patentó más de mil invenciones y edificó la primera fábrica de
inventos. Se trataba de un edificio creado especialmente para "inventar
inventos" y ponerlos a funcionar. De todos los que realizó, Edison
estaba particularmente orgulloso del fonógrafo o "máquina de voz".
Sin
embargo, otra de sus máximas creaciones, no nació en esta "fábrica de
inventos". Según se relata en varios libros (como The Wyoming Lynching
of Catlle Kate, escrito por George Hufsmith) parece que Edison llegó a
la luz del bombillo pescando... Sí señor, sentado a la orilla de un río
con una caña de pescar.
Todo
comenzó en julio de 1878, cuando Edison fue incluido en el grupo de
personalidades que viajó a la población de Wyoming, Estados Unidos, para
ver un eclipse solar. Finalizado el evento astronómico, el inquieto
científico se fue de pesca a un hermoso remanso llamado Lago Battle, en
las montañas de la Sierra Madre.
Según
esta historia, a Edison se le rompió el bambú de pesca. Sin embargo, lo
guardó y horas más tarde aún lo tenía en el campamento. Allí lo puso a
arder en la fogata y notó que la fibra del bambú demoraba muchísimo
tiempo encendida, sin consumirse.
Este
evento supuestamente inspiró a Edison a buscar la manera de hacer que
un filamento "ardiera" o se "encendiera" por mucho tiempo sin apagarse.
Esto de encontrar la fórmula de "una luz que nunca se apague", dio paso
entonces a los experimentos a través de los cuales, el incansable
inventor y su equipo de colaboradores llegaron hasta el bombillo que hoy
conocemos... ¡Y todo gracias a un mal día de pesca!
Como
moraleja, esta anécdota de Edison sirve para confirmar que incluso los
"malos momentos" de la vida, esos en donde las cosas no salen como uno
quisiera, pueden servir para generar "ideas brillantes". Si aplicas esta
manera de pensar, seguramente a ti también un día se te "prenderá el
bombillo".
En
realidad los bombillos no se "prenden", se encienden. Sin embargo es
muy usual decir "préndelo". ¿Sabes por qué? Se debe a una interpretación
al pie de la letra del idioma castellano. Cuando los bombillos de
Edison nacieron, hace ya muchos años, se usaban siempre colgados del
techo (o sea asidos, agarrados, aferrados al techo) Es decir, estaban
prendidos del techo. De allí, devino el término de "prendido" para
identificar al bombillo cuando está "encendido".
Ahora,
ya sabes que el bombillo puede estar "prendido" o colgado de alguna
parte aunque esté encendido o apagado. Dicho de otra manera: prendido
es, en Latinoamérica, sinónimo de colgado y originalmente nada tenía
que ver con encendido y menos aún con apagado.
En
España y en el resto de nuestros países se sigue usando la palabra
prendido para significar que algo está adherido o pegado: así decimos
que una planta o árbol "prende", cuando retoña o crece sanamente. Una
lumbre "prende" cuando cobra fuerza en los maderos de una hoguera o
chimenea.